El ratio que mide los créditos en dólares frente a los depósitos alcanzó su nivel más alto desde hace años, marcando un hito en la estrategia oficial de posicionar a la moneda extranjera como columna vertebral del financiamiento.
Ante el deterioro de la disponibilidad de crédito en pesos, el Gobierno optó por una estrategia alternativa: facilitar mediante flexibilización regulatoria que los dólares circulen libremente como instrumento de financiamiento. La idea detrás de esta medida es que si el crédito en pesos no funciona, que funcione el crédito en dólares para dinamizar la actividad.
Esta orientación de política económica tiene lecturas contrapuestas en el análisis especializado. Quienes ven el lado optimista destacan que permite a sectores específicos de la economía —principalmente exportadores y empresas con operaciones internacionales— acceder a crédito sin las trabas que limitan el financiamiento en pesos. Ello podría traducirse en mayor inversión y movimiento económico en esos segmentos.
Pero hay quienes advierten sobre los riesgos implícitos. La dependencia creciente de crédito en dólares puede vulnerar a deudores que generan ingresos en pesos, exponiéndolos a variaciones del tipo de cambio que podrían tornarse problemáticas. Asimismo, esta dinámica consolida una realidad de larga data en Argentina: la dolarización de la economía, con todas las complicaciones que ello implica para la ejecución de política monetaria.
La incógnita central que persiste es si las nuevas flexibilizaciones regulatorias continuarán alimentando esta expansión del crédito dolarizado, o si se alcanzará un punto de saturación. Los próximos movimientos del mercado crediticio serán cruciales para evaluar si este camino es sostenible o si los riesgos terminarán predominando.
Imagen: Jonathan Borba / Pexels – Con informacion de Ámbito


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